El otro día me llegó un relato, de los inconfirmables, acerca de un
buzo de Costeau. El marino francés de gorrillo rojo, los viejos sin
duda lo conocerán. El episodio narrado comprendía un accidente de
descompresión por ascenso demasiado rápido como resultado de un
pánico extremo del buceador. Y entre los efectos se relataba el
recurrente “mito” del encanecimiento súbito.
Más
allá de la causas propuestas para tal situación de pánico, dignas
de abordar en otra ocasión, me resultó interesante el efecto, que
resumidamente vendría a ser “el pelo blanco de un susto”.
El problema médico que presenta dicha afirmación es que el pelo no está vivo, al menos tal como se entiende hoy. De hecho puede constituir un registro, de tóxicos, por ejemplo, o de adn, en el folículo, pero lo que es el pelo en sí, no responde en principio al metabolismo si no en el momento de su crecimiento. Y luego ahí queda y se va alargando.
Entonces lo que se
hace es negar la mayor, se propone una suerte de calvicie selectiva
por lo que sólo queda el cabello blanco. Eso explica cualquier
canosidad, pero no la repentina, si es que tal cosa finalmente
existe. Si fuera así de repentina, no sería en principio una
cuestión metabólica, ya que el cabello crecido queda al margen,
debería ser un factor “externo”.
Si uno revisa casos
ilustres encuentra el de María Antonieta, que da nombre al síndrome,
y el de Tomás Moro. Ambos encarcelados y con severo peligro para su
vida, desde una posición privilegiada. Pero rastreando casos,
rápidamente se advierte que no hay un fenómeno externo común
evidente más allá del propio pánico, que en principio es cuestión
interna. ¿O no?
***
En un orden
aparentemente distinto de cosas, existe un fenómeno llamado
“fotografía Kirlian”. Recuerda un poco a los rayos X, al final
lo que hace es recoger el campo eléctrico de los cuerpos.
Y
aquí viene la bola curva: si ese campo rodea a los cuerpos, ¿podría
un cambio súbito e intenso de ese campo producir la decoloración
del cabello ya crecido? Aunque no fuera de forma automática, tal vez
en horas o días tras la exposición. ¿Podría ser ese campo
eléctrico, ese “aura”, el responsable de dicha fenomenología?
Lo sensato, llegado a este punto, sería plantear el experimento. Si podemos decolorar el cabello con electricidad, estaríamos pisando terreno más sólido. Pues bien, ya está hecho. No en condiciones de laboratorio, sin duda, pero suficientes para demostrar la viabilidad del mecanismo. El caso de Ellen Barnes en 1890 recoge encanecimiento por impacto de rayo, presumiblemente:
https://newspapers.lib.utah.edu/details?id=1543114
Aún así, y por
tremendo que sea el pánico que uno pueda sentir, resulta extraño
que pudiera interactuar de esa manera con el propio cuerpo a través
del...aura. Que presentaría la curiosa propiedad de ser una fenómeno
de origen interno (el campo eléctrico del cerebro no puede ser el
mismo contento que triste como no lo es durmiendo que despierto) que
cobra expresión de forma externa. Aura. Está en las fotos
mencionadas, luego ya cada cual interpretará.
Luego a
nivel teórico el mecanismo, aunque muy infrecuente (un estudio de
2013 recogía 196 casos), parece factible. Pero avancemos un paso
más, porque si el propio aura puede decolorarle el pelo en una
situación de pánico límite… ¿Qué más podría hacer?
***
Lo de “combustión espontánea” suena a relleno para las páginas de Más Allá, Año cero, o la mismísima “nave del misterio”, pero lo cierto es que existen casos forenses documentados sin explicación clara.
Eso sucede porque
partiendo de un marco conceptual erróneo es imposible comprender
como se producen determinados fenómenos. Ahora bien, si tenemos
casos en los que ese “aura” (palabra que seguramente algunos
odian casi tanto como éter) podría incluso decolorar eléctricamente
el cabello… ¿Qué más podría hacer?
Todos hemos
sentido la electricidad estática. Ya sea como el erizado del cabello
o un buen pellizco, tal vez al tocar algo metálico. Sus propiedades
son bien conocidas: altos voltajes y cargas mínimas.
No veo
mayor problema para que un chispazo, tal vez mayor de lo
acostumbrado, pudiera actuar en condiciones muy concretas como
iniciador de un fuego.
No nos solemos ver así, pero lo cierto es que nuestro cuerpos son inflamables. Y lo cierto es que prenden si no los apagamos antes. Así que planteemos un escenario: una situación de pánico intenso que pueda generar un resultado de infarto, por un lado (no es tan extraño, es un clásico de la literatura médica) y a la vez un “chispazo” de estática, generado por la perturbación del propio aura, se propone aquí, que pudiera actuar de iniciador de una combustión que el infartado ya no estaría en condiciones de detener. El resultado, aunque sumamente infrecuente, sería indistinguible de lo que de define como combustión espontánea.
***
Se plantea por lo tanto una tesis sólida que une el encanecimiento súbito con la combustión espontánea a través de la fotografía Kirlian y el aura. No está mal para un jueves de junio.

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