No hace demasiado Rufián dio un paso adelante y mando algunos mensajes bastante claros. Pablo Iglesias no parece verlo de una manera tan distinta. Lo cierto es que la fractura Sumar-Podemos ha dejado una legislatura como una aritmética si cabe más ajustada que la anterior.
La división en la izquierda es crónica, tampoco la acaban de inventar hace dos días. ¿Las razones? Pues más allá de la infinidad de accidentes personales que marcan cualquier actividad humana, y que dictan afinidades y renuencias, no son muchas. No son difíciles de identificar ni deberían ser difíciles de resolver.
*Todos quieren mantener su marca, naturalmente. Porque quedar bajo un paraguas que sujeta otro te puede puede calar bien si se tuerce el tiempo.
*Todos quieren mantener su sillones, y es natural, para eso es la marca. Y no nos engañemos, en este mundo la política y la exposición pública no acaba de maridar bien con el mundo laboral. Otras veces es peor el exceso de complicidad.
*Y finalmente, todos quieren aplicar su programa. O sus medidas o decisiones, para ser más precisos, para los que tengan un poco de memoria para la hemeroteca. Porque al final es para eso para lo sirven los sillones, no sólo para no tener que ir a la oficina.
Si estos tres presupuestos son ciertos y son capaces de elevarse por encima de las rencillas personales, dado el funcionamiento del sistema electoral español, la estrategia que maximiza resultados (porque al final la política es parecida a la forma en que entendía el fútbol Luis Aragonés) se desprende por pura lógica.
Si hay suficientes elementos para constituir un programa común de mínimos, seguramente en torno al tema de la vivienda, es posible crear una coalición de bloques respetando las condiciones de partida:
Que nadie tenga que renunciar a sus siglas ni al liderazgo de su bloque.
Que nadie tenga que renunciar a los escaños que proporcionen sus votos.
Que nadie tenga que renunciar a un programa que pueda refrendar con convicción, basado en denominadores comunes.
Para ello hay que mirar con lupa la ley electoral y buscar la combinación que permita a todos mantener siglas en la papeletas a la vez que englobarse dentro de esa coalición.
A pesar de las limitaciones que impone las constitución en su artículo 68, ese lapidario “la circunscripción es la provincia”, la sinergia que señalaba Rufián entre nacionalismos progresistas (o no regresivos) e izquierdas, con la fórmula propuesta, aporta una mejor aritmética parlamentaria.
Y ya no te digo si fuera circunscripción única, claro que para eso, dicen, habría que cambiar la constitución. No es del todo cierto. Bastaría en realidad con cambiar los atributos de lo que denominamos “circunscripción”, algo que es potestad del legislador y que mediante ley se regula.
No sin la preceptiva denuncia ante el constitucional, por supuesto. Pero camino, hay.
Porque al final es la propia Constitución la que, en aparente contradicción, recoge el principio de igualdad en el sufragio. Según se defina la circunscripción.
Y también hay camino para no volver a repetir resultados permanentemente penalizados por la fragmentación. Y quizás hallarse en posición de reformar esa ley electoral para hacerla más ajustada al espíritu de igualdad de sufragio.
Aún con el estado actual de la cosas, si se hace bien, hay mucho más a ganar que a perder, y supongo que algo así llevaría en la cabeza Rufián cuando se ofreció, siendo quizás el capital político más transversal de la izquierda. Tal vez haya llegado el momento de tomarle la palabra, aunque parece que a estas alturas es un pequeño dilema. O ningún dilema, quién sabe.
Aunque lo cierto es que no parece que nadie haya recogido ese guante, por más que la idea es sencilla: según el sistema electoral, los votos más allá del cupo para cubrir un escaño, se pierden.
A los partidos grandes les afecta mucho menos, pero en los últimos tiempos vemos en el parlamento equilibrios de unos pocos diputados hasta para la propia formación de gobierno.
Bueno, tal vez Sumar, rebautizado como “Frente Amplio”, ya con Yolanda a un lado que no pudo cumplir las expectativas generadas. Aunque con su fórmula actual parece que no tan amplio como nos gustaría a algunos. Podemos dice: primarias abiertas. Todos buscan el terreno que les es más propicio, a veces incluso a costa de los resultados globales.
La teoría de juegos va un poco de eso, de los diferentes equilibrios entre el beneficio individual y colectivo. Y la moraleja es que para obtener el mejor resultado para todos, toca dejar el ego a un lado. Porque si la afirmación de que la confluencia de nacionalismos progresistas e izquierdas arroja mejor aritmética, no es menos cierto para el partido socialista.
Pero eso ya son
palabras mayores, por más que al final se vote en bloque las
medidas. Es ese guardar las apariencias, y se entiende, en parte. Lo
que no se entiende es dejar de gobernar a otros cuando existen
fórmulas, no ya para evitarlo, sino para que la expresión
democrática no se vea erosionada por una interpretación del marco
político de otra época.
Y si sale bien, luego el
problema es de los otros sillones, pero bendito problema.
La audacia se Sánchez para leer el momento me parece innegable, la tercera ya no puede ser casualidad. El trabajo de hormiguita de la comunicación que lleva haciendo Rufián durante años para mí ha rendido sus réditos, aunque sea a precio de llevarse una impresora debajo del brazo al Congreso.
La fórmula está ahí, más que como idea final como noción. Tal vez aún no sea su momento, pero no veo otra. Y a partir de ahora las fechas van rápido: 14 y 15 propone Podemos primarias abiertas, el 16 se cierra el plazo de inscripción, el 17 Sumar, reconvertido en Frente Amplio presenta a su candidato… Bueno, las fechas me las ha pasado la IA, disculpas si patino, pero parece que vienen días interesantes.



















