Hay razones más que
fundadas para sospechar que las propias élites que diseñaron
nuestra civilización, lo hicieron saboteándola, por lo menos en
función de los intereses declarados.
La famosa hipocresía
occidental. La que te encadena y asfixia a base de ayudas, como país
en desarrollo. La que te infiltra mediante ONGs, como país
desalineado. La que promueve la militarización y los conflictos en
los países designados como campo de batalla.
Empezando por lo económico el sabotaje es evidente: el discurso se enfoca en el interés general y el hecho es el mayor enriquecimiento de las elites. O en la educación, que algunos plantean que supone enseñar a pensar, en realidad lo que se enseña es a repetir. Diseñan un sistema para cometer un robo y a ciudadanos sumisos que lo sostengan.
Llaman democracia al
juego en el que se impone en buena medida su mejor baza: el dinero.
Y
se nutren de una red de tráfico de influencias mediante sociedades
secretas insertadas en todas las capas de la sociedad. Todos obedecen
a un solo amo y señor: el dinero. Y es que sin dinero, no vives. Por
lo menos tal como han diseñado el sistema, no por casualidad.
Borran sistemáticamente sus huellas de sangre en la historia y cada vez creen más firmemente poder crear la realidad a base de titulares, hasta el punto de caer en una suerte de autohipnosis.
Para los demás, en
conocimiento es negado. Por más que insistan en todo lo contrario.
Cada una de las áreas del conocimiento ha sido llevaba por sus
agentes al error permanente. Física, economía, historia…
¿medicina?
Es posible que perciban la moral como una
suerte de debilidad. Es el tipo de perfil que la psiquiatría
encasillaría en lo psicopático, y naturalmente se ha de patologizar
porque no aceptan competencia.
La realidad es que las riendas de occidente están firmemente sujetas, más de lo que cabría pensar y mucho más de lo aparente.
Se suele decir que
la historia la escriben los vencedores, y es un gran error. Porque no
sólo escriben la historia, lo escriben absolutamente todo: desde las
leyes hasta las sentencias, desde los diagnósticos hasta las
recetas, desde los libros de texto hasta las tesis.
A ese
tipo de control se ha venido a sumar la tecnología: internet, los
móviles, las redes sociales… Cada vez menos interacciones se
producen fuera de ese entorno virtual susceptible de control
absoluto. Lo pagos, la geolocalización, las búsquedas… Lo tienen
absolutamente todo. Tal vez a excepción del susurro que el micrófono
no logre capturar con suficiente claridad para que una IA lo pueda
reconstruir. Y aún no ha llegado el nuevo Windows que inaugure la
era de los asistentes.
Mañana, robots… Y viendo en
manos de quien estamos (o mejor dicho, sin verlo del todo) el futuro
parecen nubes negras en el horizonte. Aprovechemos para aclarar hasta
donde más o menos se puede sacar algo en claro.
A nadie se le escapa que existen una serie de redes de confianza...o lealtad, desde la masonería hasta el judaísmo pasando por los más diversos grupúsculos. Hay una “marca” para cada perfil psicológico, étnia, credo...
A la cabeza de esas
redes, aquellos que controlan el dinero: el relato de las 13 familias
ya empieza a adentrarse en lo casi mitológico y si retrocedemos aún
más, hasta el pacto con Abraham que vincula a tres religiones, ya
nos adentramos en algo superior.
Da lo mismo lo que uno
crea o deje de creer, lo cierto es que ellos y sus asociados
controlan buena parte del mundo. Y viendo el desprecio por los que
consideran inferiores se hace extraño pensar que no respondan ante
alguien más. Parece absurdo destrozar el mundo por la mera avaricia,
me niego a creer que es sólo obra de la condición humana.
Dicen que el mejor
truco del demonio es hacer creer que no existe.




