Si fuera tan fácil
comprender Egipto no sería campo abonado para las teorías más
inverosímiles.
Lo cierto es que ni
siquiera sabemos con certeza el papel que jugaba el Ankh, ni siquiera
qué es, y empezando por ahí la cosa no mejora demasiado.
Porque ni siquiera
somos “nosotros”, o no es nuestra memoria, o la de la gente que
hoy vive por allí. El conocimiento que pudiera inscribirse en los
jeroglíficos se habría perdido junto a su propia interpretación.
Es posible que los
restos del antiguo Egipto sean vestigios de momentos especialmente
complicados, además de varias cosas a explicar que no tienen que ver
con nuestra percepción del mundo, la vida y como la entendemos:
1.Construcciones
faraónicas
El término ha
quedado en el lenguaje como sinónimo de lo descomunal y
desproporcionado.
De las pirámides
sorprenden a su vez elementos muy concretos:
·La complejidad y
estabilidad del orden social para acometer dichos proyectos
·La naturaleza de
los proyectos en sí misma
·Los medios
requeridos para acometer tales proyectos
No lo he intentado
nunca, pero supongo que no es fácil convencer a una sociedad para
amontonar piedras durante años. Algún argumento de peso debe haber
ahí que se nos escapa, incluso más allá de un régimen de
esclavitud o mixto.
2. La divinidad del
faraón
Por otro lado, si
uno convence al resto de su vínculo con las alturas, algo empieza a
encajar, pero sigue faltando el argumento de peso. La prueba
irrefutable de tal divinidad. Caso contrario tal individuo terminaría
como un chiste o incluso linchado.
Y aún con la
autoridad de la fuerza, las mentiras terminan cayendo por su propio
peso.
3. Alto Egipto y
Bajo Egipto
Otra cosa que llama
la atención es el extraño gusto por los sombreros alargados, tanto
la “corona blanca”, se dice el alto Egipto, como la corona roja,
que dicen del bajo Egipto, presentan el mismo patrón alargado.
Sin embargo, como
bien quedan retratadas de perfil, sólo la corona blanca contiene un
volumen. La roja se diría que es un plano que de alguna manera
“simula” o recuerda a ese volumen desde el frente.
Volumen que, tal vez
no por casualidad, encajaría muy bien con las peculiares
características craneales de Akenatón y sus familiares. Quizás ni
siquiera alto y bajo Egipto sea en realidad una categorización
geográfica, o no sólo.
Sobre las cabezas
largas y sombreros largos
Desde luego va mucho
más allá de Egipto, desde el sombrero del papa (vínculo con lo
divino en la tierra, dicen, o algo así) hasta las momias de los
Andes.
Más allá de la
posible coincidencia, se pueden atisbar algunas posibles
correlaciones.
Una situación
curiosa es que, si uno está acostumbrado a mirarse al espejo y ver
una frente que se eleva unos buenos 15 o 20 cm, al ver a alguien con
la mitad de frente uno tendría la permanente sensación de extrañeza
de estar viendo a un amputado craneal, sensación perturbadora y de
la que debe ser difícil desprenderse.
Ésa es una posible
explicación para la corona roja. Y la corona blanca…
Y comprender el
papel que jugaron esos cráneos puede ser clave para entender las
historia de este planeta. Huelga decir que ninguna manipulación de
tipo comprensiva, como existe constancia en varias culturas, podría
aumentar la capacidad craneal en las formas observadas. La raíz de
tales prácticas queda justificada con el caso real que pretendieran
emular.
Lo interesante del
rasgo es que no es nada arbitrario, y desde luego no surge de ninguna
imaginación desbordada en cuanto a que los cráneos están ahí.
Y digo que es
interesante porque coincide con la dirección previsible de nuestra
propia evolución: elevar la capacidad craneal con las limitaciones
del canal del parto.
Por lo menos en lo
evolutivo, si más no, se podría decir que esa gente venía “del
futuro”.
Comprendiendo el
tiempo
El cuestionamiento
sobre lo que definimos como tiempo es consustancial al pensamiento
humano, pero la literatura acerca de “viajes en el tiempo” es
relativamente reciente aunque tal vez más antigua de lo que uno
esperaría: finales del XIX.
Platón nos habló
de la Atlántida pero no de viajar en el tiempo, hasta donde yo sé.
La incursión de
cualquier elemento en la cultura popular siempre obedece a alguna
causa. El mito siempre hunde su raíz en los hechos, en un sentido u
otro.
Eso vale para los
OVNIS (que serían “posteriores”), para los “portales
dimensionales” y cómo no, para los viajes en el tiempo. Para todo
en realidad, pero por hacer algunas menciones en relación al caso
concreto que nos ocupa.
Desde el punto de
vista estrictamente físico, la posibilidad exótica de agujeros de
gusano quedó para mí relegada a un muy segundo término, sin poder
ser descartada pero con pocos visos de describir la realidad. Uno
vuelve a revisar sus papeles a tenor de los acontecimientos.
La tarea de
comprender la realidad involucra todas las áreas del conocimiento y
a veces unas marcan el camino de otras. Y a veces dos piezas encajan
de forma tan innegable que justifican ser el punto de partida para
nuevos enfoques.
Tratando de recordar
el momento exacto en el que empecé a considerar seriamente tal
posibilidad, termino encontrando la raíz abrahámica: Jacob
(Israel), Jesús y Mahoma. Que comparten unas coordenadas muy
concretas, bajo conflicto perpetuo.
Así llegué, a
través de la geopolítica, queriendo arreglar el mundo. O tratando
de comprender por qué funciona tan mal. Tratando de entender el
presente, la realidad. Desde la física rigurosa era más una suerte
de ejercicio circense que algo a considerar en serio.
Bien es cierto que
las conductas de los agentes que generan esa actualidad pueden estar
guiadas por motivos completamente erróneos, pero también hay que
comprender esos motivos para comprender el error. Y hay que partir de
la premisa de que uno siempre está observando un iceberg: la mayor
parte está bajo la superficie. Sea como fuera, matar gente, todavía,
alegremente, llama la atención.
Una vez uno tiene
indicios de que ciertos postulados exóticos de la física teórica
podrían estar vinculados a situaciones que han generado los
movimientos religiosos más significativos del planeta, tal vez caiga
en la cuenta: si llevan 2000 mil años insistiendo en eso igual hay
que echarle un vistazo.
Esto partiendo de
una consideración laica o atea en un entorno católico no
practicante donde la religión ha quedado equiparada a alguna suerte
de estafa. Más delante se entiende que situaciones que a veces
parecen contradictorias no son en ningún caso excluyentes: ¿Es
verdad? “Sí”. ¿Es una estafa? “Sí”.
Luego sólo queda
recordar a Arthur C Clarke: cualquier tecnologío lo suficientemente
avanzada es indistinguible de la magia. Por qué nos han explicado
tan mal las cosas es también un elemento a considerar.
El problema a veces
es la forma que tenemos de concebirlas, y el tiempo es uno de esos
casos. Otro camino que también conduce a las presentes conclusiones
es la búsqueda de los propios orígenes. Se diría en realidad que
todos los caminos conducen a Roma. La ciudad eterna, la llaman.
Yendo al grano, no
entendemos las dilataciones temporales y nos son completamente
contraintuitivas porque no forman parte de nuestro medio natural ni
de nuestra experiencia cotidiana, en principio. Del mismo modo que no
lidiamos bien con la luz UV porque nos la filtra la atmósfera, nos
resulta exótica.
En realidad, siendo
precisos, la dilataciones temporales no forman parte de nuestra
escala. Ésa es la palabra. Pero empezamos a operar satélites e
imprecisiones empiezan a surgir: el ser humano crece y quiere abarcar
otras escalas. Y ahí se ve que las cosas empiezan a funcionar “un
poco diferente”. No en otra galaxia, no en otro planeta: en los
límites de nuestra propia atmósfera. Poco, pero suficiente para
suponer implicaciones operativas. En realidad no cambian las reglas,
cambia el contexto.
El problema es la
cantidad de creencias erróneas que se nos han inculcado. Y de como
se sigue tergiversando todo por intereses. Y de como la información
sigue siendo de carácter reservado.
Aún así siempre
queda la aproximación intelectual, aunque no sea el camino que ha
seguido en realidad nuestra historia. La ilusión persistente que es
el tiempo, en palabras de Einstein, funciona de una manera que
prácticamente aturde:
Habría un presente
único pero diferentes velocidades de tiempo en las diferentes
localizaciones.
Tiempo propio. Pues
la relatividad que conocemos desde hace más de un siglo, ¿no?. Sí
y no. Porque una cosa es ver la teoría sobre el papel y jugar con la
mal llamada “paradoja de lo gemelos” y otra cosa muy distinta es
experimentar situaciones de ese género en la realidad. O aún peor:
como las peores intenciones podrían explotar tales características
de la física para los más diversos fines. Y eso último es una
realidad, no una teoría en un papel.
Si uno observa el
desajuste en los relojes de los satélites por dilatación temporal
parece un efecto no despreciable pero menor. Pero qué pasaría si
esa dilatación pudiera elevarse a voluntad. ¿Cómo? Con ciencia. Y
mucha fe, sin duda.
Si ese mecanismo
existe, alguien tarde o temprano lo va a explotar a su favor. Y en mi
opinión ya lo ha explotado. Lo detalles técnicos involucrarían los
límites de rango de la propia relatividad: para generar grandes
dilataciones basta sólo con velocidad. Pero ha de ser prácticamente
la de la luz.
Algo complicado en
principio para la materia. ¿Imposible?
BIENVENIDA A LA
ERGOESFERA
Así es como se
denomina a la capa inmediatamente previa al horizonte de sucesos de
un gran agujero negro en rotación, que produciría un arrastre en el
medio de la velocidad de la luz.
Desde ahí la
velocidad del tiempo propio es proporcional al radio orbital.
Y el universo parece
demasiado viejo para que a nadie se le halla ocurrido. ¿Ventajas? Y
contrapartidas, por supuesto. Nada de lo aquí dicho permite viajar
al pasado. Lo que se revela es es reverso de la moneda de algo que en
realidad sabemos muy bien: para viajar en el espacio hay que viajar
en el tiempo. La relatividad los hace indisolubles.
Pero es que, para
viajar en el tiempo, hay que viajar en el espacio. Se diría que todo
gira, y un giro que no produce anisotropía en la observaciones
parece responder a una naturaleza estocástica. En cualquier caso lo
primero que hay que entender es que las deformaciones que genera
nuestra percepción no deben trasladarse a un modelo que pretende
responder a lo factual.
Las percepciones
pueden entrar en contradicción, aparente, los hechos no. En realidad
funciona de una manera muy sencilla pero las implicaciones pueden
llegar a ser tremendas, y en manos equivocadas, podría llegar a ser
un herramienta para someter a pueblos enteros. Mediante el engaño y
la promesa de la inmortalidad.
Y la prueba sería
la inmortalidad del faraón, que no envejece por generaciones. Eso es
lo que podría hacer una dilatación temporal extrema. ¿Quieres ser
inmortal? Pues de momento vete poniendo otra piedra en la pirámide.
Es posible que sean conocidos como “el clan de los faraones” y
estén en busca y captura en varios galaxias.
Pero igual sólo con
eso no alcanza, eso parece formar parte de algún tipo de declive
posterior. Cuando ya no es una corona blanca o roja si no un sombrero
alargado que cubre lo que en realidad no hay.
Los milenarios
reinados del zep tepi egipcio, renconsiderados con este nuevo
elemento, así como las longevidades extremas en otras tradiciones,
bien podría estar rindiendo cuentas de lo que para nosotros es un
fenómeno físico muy poco habitual y en nuestra experiencia
inexistente. Nadie diría cuando mira a un espejo que mira a su yo
del pasado pero no conviene olvidarlo cuando se mira al firmamento.
Aún con lo
expuesto, asumiendo que puedan existir dilataciones temporales
extremas, falta un elemento clave: la conexión entre ambos puntos.
De nuevo, desde el punto de vista estrictamente físico, el
entrelazamiento cuántico jugaba un papel similar al de los agujeros
de gusano.
Pero tampoco
conviene perderse en los detalles, no hace falta saber como funciona
una arma para entender las consecuencias de un disparo, aún sin ver
la bala.
Luego, dado este
contexto, lo que sorprende del pacto con Yavhé es que se
comprometiera a no volver a destruir a la humanidad, “por agua”.
Dicho al revés: por agua, nunca más. Y la duda emerge sola. Tampoco
parece que hubiera del otro lado una posición negociadora fuerte. Ni
siquier lo primero.
Y siendo así las
cosas, lo de la Atlántida tal vez sorprenda un poco menos.
Mientras tanto, aún
debe haber en algunos lugares del cosmos, emitiendo luz en el
espectro de radio, distorsionada por la dilatación temporal de las
ergoesferas, un muchacho al que visten de faraón en una sala con
diversos portales que dan a diversos mundos.
Las masas le aclaman
como a un inmortal. El sólo va del lecho del harén a los portales
cuando los relojes de arena así lo indican. Sale, saluda desde lo
alto de algún palacio en algún lugar recóndito del cosmos y
después de dejarse ver y aclamar por la gente, tal vez unas
palabras, vuelve por el portal por donde vino. Otro reloj de arena
señala el momento de volver. Nunca hay que permanecer mucho tiempo.
Otros se encargan de eso. Y de gestionar las inmensas riquezas que
extraen de las masas bajo la falsa promesa de la inmortalidad. Oro
puro. A toneladas. Minas a cámara rápida, eso es la dilatación
temporal.
En realidad el
faraón tampoco sabe qué sucede, ha sido criado y educado para eso.
No exactamente para gobernar. Sí que reconoce muchas caras, más
envejecidas cada vez, como a cámara rápida, y ausencias, de una
visita a otra. Cuando no sirva o empiece a hacer demasiadas preguntas
tal vez corra la misma suerte que aquellos a los que se les prometió
la inmortalidad. La indumentaria, ornamentación y simbología
debería ser aproximadamente la misma en todos los lugares.
Esa sala de las
puertas, que sería algo parecido a una centralita de teleportación,
debería hallarse orbitando a la velocidad de la luz un gigante como
Sagitario A.
A no ser que la
tecnología permita generar tales condiciones a voluntad, extremo que
me vuelve a parecer descabellado, pero precisamente son esas las
opciones que parecen ir cobrando forma.
Un sistema similar,
tal vez primero como drama y después como farsa, explicaría algunas
cosas acerca de lo que observamos en el antiguo Egipto. Aún sin
saber en realidad para qué sirve un “ankh”. Lo que está claro
es que puertas como las descritas seguramente deberían guardarse
bajo llave, podrían causar daños inimaginables.
¿Y que pasaría si,
por ejemplo, hace 2000 años, un crío de muy pocos años jugando al
escondite en esa “sala de las puertas”, o alguna otra semejante,
atravesara accidentalmente el umbral? Bienvenido a la era moderna.