jueves, 4 de junio de 2026

El síndrome de María Antonieta: pánico terminal

  

El otro día me llegó un relato, de los inconfirmables, acerca de un buzo de Costeau. El marino francés de gorrillo rojo, los viejos sin duda lo conocerán. El episodio narrado comprendía un accidente de descompresión por ascenso demasiado rápido como resultado de un pánico extremo del buceador. Y entre los efectos se relataba el recurrente “mito” del encanecimiento súbito.

Más allá de la causas propuestas para tal situación de pánico, dignas de abordar en otra ocasión, me resultó interesante el efecto, que resumidamente vendría a ser “el pelo blanco de un susto”.

El problema médico que presenta dicha afirmación es que el pelo no está vivo, al menos tal como se entiende hoy. De hecho puede constituir un registro, de tóxicos, por ejemplo, o de adn, en el folículo, pero lo que es el pelo en sí, no responde en principio al metabolismo si no en el momento de su crecimiento. Y luego ahí queda y se va alargando.

Entonces lo que se hace es negar la mayor, se propone una suerte de calvicie selectiva por lo que sólo queda el cabello blanco. Eso explica cualquier canosidad, pero no la repentina, si es que tal cosa finalmente existe. Si fuera así de repentina, no sería en principio una cuestión metabólica, ya que el cabello crecido queda al margen, debería ser un factor “externo”.

Si uno revisa casos ilustres encuentra el de María Antonieta, que da nombre al síndrome, y el de Tomás Moro. Ambos encarcelados y con severo peligro para su vida, desde una posición privilegiada. Pero rastreando casos, rápidamente se advierte que no hay un fenómeno externo común evidente más allá del propio pánico, que en principio es cuestión interna. ¿O no?

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En un orden aparentemente distinto de cosas, existe un fenómeno llamado “fotografía Kirlian”. Recuerda un poco a los rayos X, al final lo que hace es recoger el campo eléctrico de los cuerpos.
Y aquí viene la bola curva: si ese campo rodea a los cuerpos, ¿podría un cambio súbito e intenso de ese campo producir la decoloración del cabello ya crecido? Aunque no fuera de forma automática, tal vez en horas o días tras la exposición. ¿Podría ser ese campo eléctrico, ese “aura”, el responsable de dicha fenomenología?


Lo sensato, llegado a este punto, sería plantear el experimento. Si podemos decolorar el cabello con electricidad, estaríamos pisando terreno más sólido. Pues bien, ya está hecho. No en condiciones de laboratorio, sin duda, pero suficientes para demostrar la viabilidad del mecanismo. El caso de Ellen Barnes en 1890 recoge encanecimiento por impacto de rayo, presumiblemente:

https://newspapers.lib.utah.edu/details?id=1543114

Aún así, y por tremendo que sea el pánico que uno pueda sentir, resulta extraño que pudiera interactuar de esa manera con el propio cuerpo a través del...aura. Que presentaría la curiosa propiedad de ser una fenómeno de origen interno (el campo eléctrico del cerebro no puede ser el mismo contento que triste como no lo es durmiendo que despierto) que cobra expresión de forma externa. Aura. Está en las fotos mencionadas, luego ya cada cual interpretará.

Luego a nivel teórico el mecanismo, aunque muy infrecuente (un estudio de 2013 recogía 196 casos), parece factible. Pero avancemos un paso más, porque si el propio aura puede decolorarle el pelo en una situación de pánico límite… ¿Qué más podría hacer?

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Lo de “combustión espontánea” suena a relleno para las páginas de Más Allá, Año cero, o la mismísima “nave del misterio”, pero lo cierto es que existen casos forenses documentados sin explicación clara.

Eso sucede porque partiendo de un marco conceptual erróneo es imposible comprender como se producen determinados fenómenos. Ahora bien, si tenemos casos en los que ese “aura” (palabra que seguramente algunos odian casi tanto como éter) podría incluso decolorar eléctricamente el cabello… ¿Qué más podría hacer?

Todos hemos sentido la electricidad estática. Ya sea como el erizado del cabello o un buen pellizco, tal vez al tocar algo metálico. Sus propiedades son bien conocidas: altos voltajes y cargas mínimas.
No veo mayor problema para que un chispazo, tal vez mayor de lo acostumbrado, pudiera actuar en condiciones muy concretas como iniciador de un fuego.

No nos solemos ver así, pero lo cierto es que nuestro cuerpos son inflamables. Y lo cierto es que prenden si no los apagamos antes. Así que planteemos un escenario: una situación de pánico intenso que pueda generar un resultado de infarto, por un lado (no es tan extraño, es un clásico de la literatura médica) y a la vez un “chispazo” de estática, generado por la perturbación del propio aura, se propone aquí, que pudiera actuar de iniciador de una combustión que el infartado ya no estaría en condiciones de detener. El resultado, aunque sumamente infrecuente, sería indistinguible de lo que de define como combustión espontánea.

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Se plantea por lo tanto una tesis sólida que une el encanecimiento súbito con la combustión espontánea a través de la fotografía Kirlian y el aura. No está mal para un jueves de junio.

 


 

martes, 2 de junio de 2026

Electrum: ámbar o aleación

Hay coincidencias que pueden hacernos parpadear muy fuerte, varias veces. Seguramente porque no lo sean.

Fueron los griegos los que llamaban al ámbar elektron (latinizado electrum) y, dadas sus propiedades para generar electricidad estática al ser frotado con un paño o piel, la raíz ha quedado en lo que hoy llamamos electricidad. Hasta ahí nada raro.
 

Lo que sorprende es que usaran el mismo término para referirse a la aleación de los dos mejores conductores que conocemos: oro y plata. Se puede plantear que el color tuviera que ver algo en dicha circunstancia pero lo cierto es que en una aleación el resultado tiende a ser indistinguible de la plata:



Entonces, ¿cómo es posible que tuvieran conocimiento de las especiales propiedades eléctricas de esa aleación?
Difícil de explicar desde cualquier otro contexto que no contemple la transmisión de un conocimiento previo.

Así que una muesca más, como las 365 de Gobekli Tepe, de una calendario solar mucho antes que las grades culturas de calendarios lunares posteriores: griegos, romanos...

A ello cabe sumar los mapas con información que no se corresponde con la cultura en la que se hallan (Piri Reis), las grandes obras megalíticas con técnicas y localizaciones que desafían a lo que cabría atribuir a los periodos a los que se atribuyen...

Se diría que cada día estamos un poco más cerca de las puertas de la quizás no tan mítica Atlántida. Siempre he desconfiado de algunos asuntos, y creo que con razón, pero lo cierto es que las palabras de Edgar Cayce podrían haber resultado bastante más atinadas de lo que cabría esperar. Quién sabe, tal vez aún no hemos comprendido algo fundamental.

¿O podría ser todo sólo una enorme coincidencia? A mí no me lo parece.